Hay una persona que casi nunca disfruta de la cena.
El anfitrión.
Mientras todos conversan, él entra y sale de la cocina, sirve platos, controla tiempos y termina la noche más pendiente del horno que de las personas.
Creo que recibir en casa debería ser justo lo contrario.
Diseño el menú, hago la compra, cocino en tu casa y me ocupo de todo para que tú solo tengas que hacer una cosa:
Estar presente.
¿Salimos o lo hacemos en casa?
Si sales...
Hay que elegir restaurante.
Encontrar una fecha.
Reservar.
Pensar si habrá opciones para todos.
Buscar aparcamiento.
Interrumpir la sobremesa porque llega la cuenta.
Volver a casa.
Si decides hacerlo en casa…empieza otra lista.
¿Que hacemos?
Salir a comprar
Liarte en la cocina.
Atender a los tuyos mientras piensas en el horno.
Servir los platos.
Recoger mientras te pierdes los mejores momentos de la charla.
Empezar a comer cuando tus invitados ya han terminado.
Y, casi sin darte cuenta, acabas dedicando más tiempo a organizar la cena que a disfrutarla.
No creo que recibir deba sentirse así.
Necesita que el producto se entienda, que el público se acerque, que la demostración tenga ritmo y que la experiencia se convierta en un buen recuerdo.